Porque en el cielo de los genios musicales resuenan mejor que cualquier arpa angélica las guitarras de Elvis, de Lennon, de Woody Guthrie; el piano de Liberace; el violín de Paganini... Y en un descanso de la escalera a ese cielo, está Bob. Estás tú, Bob, porque estás acá como un genio mortal y estarás allá cuando te toque ser inmortal. Te recibirá Woody cantando “This land is your land” y serás otra estrella en ese magnífico firmamento que es sólo para unos cuantos. Unos cuantos que son, fueron y serán leyenda porque hicieron conmover a nuestros ojos brujos que se volvieron, como nunca, a mirarnos nítidamente. Solamente las almas geniales logran causar tal conmoción. Y tú lo has logrado, Bob, y lo logras con cada célula de tus canciones.Algunos días atrás un gran amigo a quien le debo haberme hecho partícipe del sentimiento –que hasta el momento no había descubierto– que es oír al gran Dylan, me pasó un poema –Last thoughts on Woody Guthri
e– y me dio una advertencia sobre el texto que compartía: “Es un poema de Bob, uno que le hace en homenaje a Woody Guthrie”. Bastó con lo primero para emocionarme y abrir mi curiosidad. Pero también para preguntarme por aquel Woody –¿qué ente genial podría ser aquel para merecer un poema de Bob?–, de quien nada sabía pero me quedaba claro que era, como es usual y justo decir, un grande. De hecho, mis averiguaciones posteriores así lo confirmaron. Y aunque apenas es un ápice lo que he leído sobre él, me queda clara la razón de la admiración que Bob le tiene: un gran compositor y cantante, don Woody tuvo una prolífica y profunda obra en los cincuenta y cinco años que fue mortal. Un talento innato lo acompañó toda su vida, que si bien cronológicamente no fue muy larga, creativamente fue matusalénica.Con el poema en mis manos, o mejor dicho en mi PC, y con un archivo donde el mismo Bob lo recita, decidí contener mi gran deseo de leerlo y oírlo para un mejor momento. Por fin hoy ese momento privilegiado llegó y tal como lo esperaba, fue genial. Devoré el poema, me relajé luego oyendo a Bob recitarlo y finalmente volví al poema ahora para estudiarlo mejor.
Es una bella interpelación, aunque recia, pero es justamente en la belleza de la honestidad que llega hasta los intramuros de la vida diaria donde descansa la fuerza de esos versos. Duele realmente porque toca fibras sensibles y con palabras expresa lo que, como tantas veces sucede en la vida, se escapa del dominio de éstas: “And there's something on yer mind you wanna be/ saying/ That somebody someplace oughta be hearin'/ But it's trapped on yer tongue and sealed in yer/ head” Esas líneas en particular me abrumaron de sobremanera, me identificaron tanto que me vi tendido y mudo en mi cama mientras el mundo gira alrededor mío. Es cierto que toda interpretación es subjetiva pero entre líneas queda algo objetivo que solo la calidad brinda: la capacidad de leer una parte y sentirla como narración de la vida propia.
Pero una vez apuntalado el sin sentido, la vacuidad de la vida frívola, la misma voz cambia de tono y habla de ese viento ciclónico que eternamente tendrá que flotar –y esto es lo que me parece que puede interpretarse– sobre la conciencia, sobre los recuerdos dolorosos; aventarlos pero no sin conocerlos, los debe conocer muy bien para montarlos en el tren que se llevará el tornado. O en la vida que va en círculos violentos para de pronto desaparecer, como un tornado, de repente. Quizás eso, quizás otra cosa, pero lo que realmente importa es que, como dice Bob, “eso”, “eso” lo necesitamos ya: “But that's what you need man, and you need it bad” Sí, Bob, realmente lo necesito.
Pero esa “búsqueda” no es otra que aquella por la que irónicamente se toman más caminos: la búsqueda hacia uno mismo: “That it's you and no one else that owns” Y hay muchos caminos errados, muchos lugares falsos, muchas circunstancias infames. La voz nos lo advierte: “Cause you can't find it on a dollar bill/ And it ain't on Macy's window sill” Es como sentir a Bob al lado de uno diciendo con énfasis, con cariño, con amistad: “No, hermanito, ahí donde te llevan y te dejas llevar; ahí, ahí no es”.
Finalmente se produce una explosión y toda alienación queda relegada y brotan de pronto los quién soy, qué hago aquí... Miro al espejo y no me veo el rostro y quiero saber cómo es. Reviento y por fin me puedo ver, sólo así. Así como las últimas líneas del poema lo describen. Quedan entonces dos caminos por los cuales ir, dos ventanas por las cuales mirar (¿acaso dos tipos de vida –la auténtica y esa otra artificial– que escoger?) y dos puertas que tocar, la de Dios y la del hospital donde Dylan conoció a Guthrie. Pero a diferencia de lo que pasa en las bifurcaciones anteriores, ahora hay una fundición final en un lugar maravilloso: El gran cañón. Un recinto de paz creado por Dios para el deleite de los hombres... así como la música que creó Woody y crea Bob; música que logra fundirnos con deleite a nuestras enturbiadas almas.
Pienso que todo lo dicho es insuficiente, de hecho estoy seguro que alguien podría hacer un trabajo mucho mejor. Sospecho además que mis interpretaciones pueden ser medio extrañas, “voladas”, como está en boga decir. En verdad no lo sé. Pero en verdad tampoco me importa, porque ha sido, como siempre me sucede con la obra de Bob, un placer indescriptible leer, oír, ¡sentir! el poema. Todo ello se logra gracias a esa comunicación que Bob logra con nuestras almas.
Y como todos los que hemos descubierto nuevos sentimientos con la obra de Bob, sólo me queda decir(le), creo que compartiendo el sentir, que de esta tierra, this land, que son nuestros mundos, nuestras vidas, también eres parte tú, Bob.
Link al poema:
http://www.bobdylan.com/songs/guthrie.html



